Sinopsis
Prólogo
Ángel guardián
La preparación
Los mejores momentos
Por qué Dios me envió a la tierra
Lo que soy
La extraña joven
La segunda plaga
Mi familia
Mi historia
La preparación
El Génesis
El dolor o la felicidad?
El rostro borrado (primera parte)
El rostro borrado (segunda parte)
La amenaza
Presagio
Una tarde en la vida de la Muerte
El mundo dividido en dos
El recuerdo que jamás olvidaré
La oportunidad
El fin es solo el comienzo
Epílogo
Presagio
Dios

Caminé herido por una carretera, sin saber hacia dónde seguir el rumbo, caí de rodillas en el medio de esta. Visualicé a todas mis creaciones con sus ojos rojos, de pronto, se abrió camino entre todos y apareció Tamara, en una nube negra, se acercó a mí tomando mi mentón. No me agradó aquel momento.

La observé a los ojos, pero era yo quien se sentía débil y tonto, cuando la miraba a ella podía notar la fuerza que emanaba de sí. No soportaba ser el débil, ser uno menos que ella. Así me sentía, una nada frente a ella.

No estaba asustado, pero me mantenía firme de pensamiento, de ese modo, no iba a romper con mis acciones y mucho menos con lo que mi mente podía crear. Mi hermana estaba aquí por mí, si yo lo deseaba podía acabar con ella, pero eso significaba acabar conmigo mismo.

Esperé que ella hablara, ya que estaba allí por eso, estaba dando la cara para que ella se abra conmigo y pueda expresar todos lo que le ocurría. Ella no lo sabe, pero yo siempre voy un paso adelantado que los demás.

Las cosas pasan por algo, yo sé que nada sucede por cualquier cosa: muchas veces, soy yo quien envía aquellas cosas. Me agradaba hacer todo lo posible para sorprender a los seres humanos. Esta vez, esperé con ansias que mi hermana se diera cuenta de todo lo que podría hacer, porque yo no iba a decirle nada al respecto.

—¿Te gusta lo que ves, hermano? —Alza una ceja.

Su rostro me dejaba en claro que ella quería verme sufrir y no le importaba las vidas que les hacía perder a los seres humanos. Ella tenía ese único propósito y no acabaría, hasta que Tamara me viera sufrir.

Hice que me suelte, ya que el contacto físico no era mucho de mi agrado. Esas cosas las implemente para y exclusivamente los humanos. Muchos de mis hijos habían ignorado aquellas reglas y por ello, siempre tenía que recordárselo.

—Lo entiendo, ya me tienes aquí… solo hazlo, pero deja a los humanos en paz. —Se lo pedí como último favor.

Esperaba que ella lo asimilara y comprendiera, ya que no pedía mucho. No pedía nada, lo que estaba pidiendo era algo simple y capaz, pero esperaba que ella se diera cuenta de sus errores.

—Hermanito, no lo entiendes, ¿verdad? —Sonríe amplia.

Sus dientes resplandecientes iluminaron mi rostro.

—Si te matara, yo también moriría, pero valdrá la pena, vos me hiciste hacer esto.

Yo nunca la había obligado hacer algo. No me veía capaz de hacer algo como obligar a alguien. Nunca hubiera podido hacer tal cosa. De muy pocas cosas estaba seguro y como tal, el obligar a alguien me era imposible.

—¿Yo? yo no hago que nadie haga nada, tú sola lo hiciste... pero no lo recuerdas.

Siempre que hablé dejé que ella respondiera luego, quería saber lo que pensaba al respecto.

—Sí, sí, tú solo ayudas, ¿verdad? —Sonríe irónica.

—Ya está, aquí me tienes ¿qué esperas? —Me levanté del suelo como puedo.

—Solo esto—Sonríe ampliamente.

Aparece Rubby Ebay con sus ojos negros. Ella estaba allí y no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo, es más, solo estaba allí por una razón.

—¿Qué otra persona me asesine? —Alcé una ceja—. Hazlo tú, es tu trabajo.

—Lo siento, hermanito —Sonríe y se esfuma.






Abrí mis ojos con rapidez. Todo lo que había recordado en ese momento me despertó de mis tonterías. Tenía que hacer todo lo que creía posible. El presagio me daba la posibilidad de actuar a tiempo, bueno, eso creía en su momento.

«Capital Federal», pensé en mis adentros.

Cerré mis ojos fuertemente, no podía imaginar en qué momento sería mi fin, aunque no había visto tal cosa, no pude ver el final del augurio, siempre hay una salida y esperaba que así fuera.

Las cosas no estaban del todo bien, no había nada que se pueda hacer, al menos, pensaba que las cosas ya no se podían cambiar, aunque en mis adentros sabía que había una salida y que aquello nos brindaría la solución.

Se necesitaba un plan y en mis adentros allí estaba, estaba la solución, pero todavía no podía verlo. Estaba muy escondido, tan escondido que no había podido verlo.

—Llamen a todas las tropas —Me dirigí hacia Abel—. ¡Ahora!

Todas las tropas aparecen en círculo esperando saber el porqué de mí llamado. Ellos siempre necesitaban saber las razones de sus actos y los míos. Así no era como yo los había creado, pero ellos eran de ese modo.

—Hijos míos, vengo a negar el camino hacia Capital Federal —Fruncí el ceño.

—Pero... señor, Castiel está allí —Alzó una ceja preocupado por su amigo.

—Ya no... —Chasqueé mis dedos—. Nadie irá a ese lugar nunca más.

Eso era lo que necesitábamos, teníamos que estar lejos de ese lugar.

—Pero señor... —No dejé que continúe.

—Pero nada, ¿quieres subestimar mí palabra? —Fruncí el ceño más de lo que ya estaba.

—No, claro que no. —Bajó su cabeza.

—Sigan con su trabajo.

Fui hacia una sala, la misma sala la cual había sido la primera del mis creaciones. Alcé una mano a un árbol de Jacaranda y de este cayó una de sus hojas lentamente hacia mis pies. Me agaché y la junté, necesitaba volver a ver un recuerdo que le borré a Tamara, esperé que jamás logre descubrir esta habitación.

Ella no recuerda el porqué de su odio hacia mí, pero algo dentro la carcome lentamente. Nadie debía saber tal recuerdo que borré de sus mentes, fue por el bien común.

Salí de la habitación, con la flor en mis manos, la guardé en el bolsillo de mi traje y comencé a caminar; fui al hermoso jardín a pensar y me senté en un banco cerca del arroyo; mis pies tocaban el agua y la sanción era hermosa; hice que comenzará a llover dentro del lugar. El sonido del agua era tranquilizante.

Mi hermana y yo amábamos este lugar cuando estábamos aburridos, mal o algo siempre veníamos a este sitio, era muy especial. Quizás ella y yo éramos los únicos que sabían cómo llegar aquí, pero luego recordé que no, un asco invadió mi interior, así que me fui del lugar, jamás olvidaré esa vez. Nunca, jamás.

Tal vez, el fin sea aquí donde todo empezó, en el jardín de la creación y pecado.

© Byther Sarrafoglu,
книга «El ángel pecador».
Una tarde en la vida de la Muerte
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