Sinopsis
Prólogo
Ángel guardián
La preparación
Los mejores momentos
Por qué Dios me envió a la tierra
Lo que soy
La extraña joven
La segunda plaga
Mi familia
Mi historia
La preparación
El Génesis
El dolor o la felicidad?
El rostro borrado (primera parte)
El rostro borrado (segunda parte)
La amenaza
Presagio
Una tarde en la vida de la Muerte
El mundo dividido en dos
El recuerdo que jamás olvidaré
La oportunidad
El fin es solo el comienzo
Epílogo
El dolor o la felicidad?
Castiel


Después de tanto tiempo sin ver a Rubby, decidí emprender el viaje nuevamente, ver cómo está y saber algo que me ayude con esta irracional misión sin sentido, o al menos, yo no le encontré sentido alguno.

Era el fin del mundo y yo estaba en la búsqueda de una adolescente, eso no tenía sentido, nada de todo lo que estaba sucediendo tenía uno. No me podía imaginar que mi padre me había encomendado eso con el simple hecho de dejarme fuera del desastre.

Dios parecía estar seguro de que esta era mi misión, pero ¿en realidad lo sería?, ¿sería una prueba?, ¿algo para probar mi fe al señor? Más que esta fe no se puede encontrar, más que esta fe no se puede sostener. Cualquier otro soldado hubiera dejado este a mitad de camino, yo ya estaba concluyendo o eso pensaba, literalmente, nunca había imaginado la nueva misión, así es a parte de estas misiones, Dios me había encomendado otra, una más complicada, pero esta fue una de las más hermosas y difíciles de concretar.

Recordé cada palabra de mi padre, simple, pero tortuosas, cada dicha con paz... que parecía no ser real. Muy pocas veces, recordaba ese momento. Me encantó ser capaz de hacer algo tan especial, igualmente, recordé las palabras majestuosas de mi padre, nunca las olvidare.

Vino a mí sereno, colocó sus manos en mis hombros, con una voz dulce y delicada, en ese momento me dijo: “Castiel, hijo mío, sabes que mis palabras jamás son valoradas, en este momento... en este momento, en este Holocausto, en este infierno... sí, lo sé, utilicé la palabra, la palabra prohibida aquí. Pero es necesario, todo dicho es fin, es necesario... todo esto será recompensado, lo será, lo juro y sabes que jamás juro por nada, ni nadie, pero llegó la hora... la batalla se está realizando y para mí desgracia y la de tus hermanos, mis hijos... estamos perdiendo” dijo él aún con su tono de voz tranquilo y seguro.

Miré tus ojos, cristalizados lentamente, apenas podía observar una lágrima cayendo suavemente sobre sus pómulos, sobre sus labios.

“Lo sabemos, sabemos lo que sucederá, sabemos que es el fin... sabemos que quizás nadie salga con vida de aquí”.

Alzó una ceja sutilmente, no esperaba que le dijera esas palabras, supongo que nadie me creía capaz de hablar de tal modo con mi padre. En un momento de mi vida, tampoco lo hubiera creído. Pensaba que era incapaz de hablarle a mi padre de ese modo, pero me había sorprendido a mí mismo, lo había hecho y ya no había vuelta atrás.

Esperé atento, quería una respuesta de mi padre, quería que él me diera valor para continuar, eso era lo que buscaba con aquella charla de ese día cualquiera.

“Ohhh, Castiel, jamás he dicho tal cosa, pero no nos descarrilemos, lo que yo te vengo a encomendar es dolor, sufrimiento y desesperación, quiero verte... verte llorar, sentir. Quiero que encuentres felicidad en el dolor, ayudar en la tragedia, desenmascarar a la muerte”.

No esperaba escuchar eso de sus labios. Me mantenía firme en mi pensamiento, quería mantener mi palabra. En ese momento, no era como era ahora, en ese momento era un ser que no sentía nada.

Me mantenía fuerte y capaz, pero era una oveja disfrazada de lobo. Era el ángel pecador, que pensaba que podía hacer lo que le plazca, pero en un momento de mi vida, las cosas cambiaron para bien.

Me quedé pensando serio en las palabras de mi padre, no dije nada, hasta que encontré un motivo para negarme a su petición.

Lo miré sin comprender, alcé una ceja, fruncí el ceño y pregunté: “¿Cómo haré eso, padre mío?”

Yo no podía sentir y él justamente quería que yo hiciera algo que no podía, pensaba que era imposible que un ángel sienta.

Lo miré a los ojos en la espera de una respuesta que me convenciera, no podía arriesgarme por cualquier cosa. Tenía otras misiones, no podía morir, por ese motivo, esperaba una muy buena respuesta de mi padre.

Yo sabía, que él sabía, que yo sabía y quería que él supiera que necesitaba seguir viviendo, ambos lo sabíamos y queríamos que el otro lo supiera. No usábamos palabras para eso, solo una mirada de saber.

Chasqueó sus dedos y de la nada aparecí en un lugar, un sector que era nuevo para mí, hay tristeza, dolor y todo aquello que Dios me dijo que sienta. Era magnífico para llevar a cabo lo que había venido a hacer.

Me mantuve con la frente en alto, pensé que si haría las cosas, tendría que hacerlas bien. No quería nada y quería todo. Necesitaba cumplir con mi palabra, sabía que Dios me castigaría si no hacía lo que él me había ordenado.

Comencé a caminar por el mismo, para investigar, no vendría mal ¿o sí?, ¿será qué hay algo más feo que no sentir? No podía imaginar el dolor, suponía que ese día lo iba a sentir. Estaba orgulloso de mí, Dios había pensado en mí para esa misión, aún no lo podía creer.

Los humanos siempre se quejan de lo que sienten, dolor, tristeza, felicidad y todo tipo de emociones o sensacionales. Hoy lo vería, sentiría, ya era hora... mí momento llegó por fin. En nuestra casa, algunos de mis hermanos tenían dudas sobre todo... la teoría del todo y nada, siempre los supervisores nos decían que dudar era castigado, dudar te hace débil, dudar es un pecado.

Dudar, dudar era algo que estaba prohibido en mi mundo. Quería hacerlo, al menos una vez, no para siempre, pero no podía. Así que un día, una vez dude... fui castigado, fui sancionado, no siempre tuve esta dicha de hablar con mi padre. Solo los Ángeles más importantes tienen ese honor.

Me sorprendían como las cosas cambiaban del día a la noche, en tan solo unas horas, podía ser todo diferente. Eso me sorprendía y aún lo hace, las pocas cosas que me sorprenden.

Comencé a caminar por el lugar, viendo cada detalle del dicho, ladeé mi cabeza al ver a una mujer llorando desconsoladamente, un cajón. La mujer lloraba como si no hubiera un mañana... me acerqué y lo vi, el cajón contenía el cadáver de un muerto, un difunto, era realmente un cuerpo sin vida, la señora no soltaba a el cuerpo.

Aquella escena era desoladora, pero no comprendía mucho. No sabía todo lo del mundo humano, no tenía idea de ese extraño evento.

Comencé a ver que cada vez llegaba más gente a este. Todos se abrazaban y consolaban, era algo horrible, dentro de algo hermoso. No tenía palabra alguna para expresar mis sentimientos ¿Cómo algo tan bonito puede estar rodeado de algo tan horrible?, ¿cómo el amor puede superar a la muerte?

Después de unas cuantas horas en el lugar, veo el alma del sujeto levantarse suavemente sobre su cuerpo, este parecía flotar, como una simple hoja de un árbol que cae apaciblemente. El hombre se detuvo me miró y ladeó la cabeza.

—¿Ellos serán lo bastante fuertes para superar mí muerte?, ¿yo seré capaz de superar el hecho de que estoy partiendo? —Me preguntó, como si yo tuviera alguna respuesta a esa pregunta.

No sabía que responderle, no quería sonar mal, yo era el primer ángel que él podía ver.

Me resultó extraño que la muerte no estuviera presente, se suponía que debían partir con la ayuda de ella, pero no estaba allí. No era bueno, la muerte nunca se tomaba vacaciones. La muerte sabía con claridad que no podía tomarse vacaciones, mucha gente muere y se necesitan genes.

—Ellos sin duda alguna podrán, superar jamás, olvidar menos, pero superarán el hecho de que no estás entre ellos —Eso fue lo único que puede decirle, pero él parecía comprender.

El hombre sonríe, cierra sus ojos y nuevamente comienza a flotar, su alma se despide de cada uno y luego vuela al cielo, donde es llevado al paraíso. Los seres humanos tienen su propio cielo, ninguno es igual. Allí pueden ser todo lo que no pudieron ser en su momento.

Me quedé observando como la gente se apoyaba, lloraban en sus hombros y pensaban los hechos vividos con el difunto. Era fenomenal ver como todos habían hecho muchas cosas con el muerto, todos tuvieron su momento con él.

Al ver toda esta escena, sonreí y lentamente de mis ojos azules caían unas pequeñas lágrimas, que bajaban hasta mí mejilla y se rompían en mis labios; mí respiración se volvió escasa, sentía un nudo en mi estómago y garganta, que cada vez que quería articular una palabra este no me dejaba hacerlo. Una sensación hermosa, me quedé sentado. Todo seguía estando igual, nadie se había marchado y todos estaban pensando y platicando las aventuras vividas.

Luego de unas horas, me quedé dormido y comencé a soñar o recordar algo muy triste en mí vida, aún no podía verlo del todo, pero eran como flash o cosas pequeñas y rápidas. En este caminaba por el parque, el parque del reino de mí padre, una mujer la cual no puedo ver, ya que su rostro está tapado, censurado; chocó conmigo, la miré, me miró, nos miramos.

Nunca me había pasado algo como eso, pero era agradable. Me agradaba visualizar a las personas, pero ella se acercó a mí, ya no era lo mismo. Bajé la mirada para que no notara que la estaba visualizando en dicho momento, pero ya era demasiado tarde.

—Disculpe —Dijo ella.

—No hay de que.

Siempre recuerdo más de este sueño o cosa insignificante. Siempre quise saber que era, pero no podía adivinarlo. Estaba negado a seguir viendo aquello, no quería imaginar cosas que no eran. No tenía ganas de nada, estaba negado a creer lo que un sueño podría enseñarme.

Lo que más me preocupaba era que los ángeles no soñaban, por lo tanto, lo que yo veía no era un sueño, era algo más, era como un recuerdo que mi subconsciente quería demostrarme. La manera en la que me demostraba las cosas no era lo que yo esperaba.

Desperté sudando, con mí pulso acelerado, no quería estar más ahí. Quería estar en mí tierra, en mí mundo. Ya no soportaba ese lugar, me hacía sentir mal, no podía ver las cosas como yo las deseaba. Ya comprendí que debía sentir, pero creía que por un día ya había sentido demasiado.

Salí de aquel lugar, comencé a caminar y llegué a una cabaña; decidí pedir perdón, decidí limpiar y purificar mi ser. Estaba sucio y lo sabía, sabía la oscuridad que poseía mi gracia. Estaba repleto de aquello, quería quitarlo de mí, pero sería muy difícil de hacerlo.

—Padre, disculpa mis errores, mis fallos, mis dudas.

Agarré un cuchillo que siempre llevaba conmigo, corté mis muñecas y con la sangre que salía dibujé un símbolo en el suelo, que me llevaría al cielo. Este no funcionaba, ya que seguía allí en la tierra.

—Por favor, por favor... padre mío, ayudarme a regresar... quiero ir a mí hogar.

Las palabras, los rezos, el símbolo, nada funcionaba... no podía regresar, mi misión me hacía fallar cada segundo en la tierra, cada minuto en la tierra era un año en el cielo. Dios me había dicho eso y yo no lo sabía, no quería creer que realmente había tiempo en el cielo. Desde siempre, pensé que no había tiempo ahí, pero no era cierto, si había tiempo.

Comencé a sollozar, pidiendo mí redención. Jamás fui escuchado, caí de rodillas al suelo llorando desconsoladamente, lo necesitaba, necesitaba volver, necesitaba saber más de aquel sueño. Necesitaba tanto, que lo que tenía no bastaba, sí, lo admito quizás sea lujurioso, quizás entrometido, alocado y como un humano, pero no lo soy... soy todo, menos un humano. Me daba miedo, sí, miedo... ellos tienen la posibilidad de expresar, pensar, admitir, sentir cosas buenas como malas, ver el día y la mañana, el sol y la luna.
La luna que nos alumbraba en este paso, en este camino; el sol que se oculta, el que con cada minuto se agota.

Tamara lo destruiría todo, cada pedazo de este planeta, no sé si solo de este ¿qué ganaría? Si muere la luz, la oscuridad también, es como una balanza debe haber equilibrio. No quería que ellos mueran, eran importantes, no podían dejar de existir. Si ellos no existían, nada estaría. Todos acabaríamos muertos, en un par de días. No quería creer en eso, no quería que sigan muriendo seres queridos.

Salí de aquel lugar, caminé para despejar un poco mi mente y gracia. Me senté en una plaza, con una hermosa alfombra de pétalos violetas que caían del árbol, tomé asiento en una banca y observé el cielo. Observé lo que tanto anhelaba.

Era demasiado tarde para lograr algo, todo estaba dado vuelta. Todos estaban cayendo, ya no había nada que hacer. Yo quería regresar a mi mundo, pero Dios me mantenía en la tierra por alguna razón.

Me hubiera gustado ser un guerrero en esta guerrilla, pero solo era un guardián o quizás menos. Esperaba que mi Padre se decidiera a salvarme de allí, quería que me sacara por su cuenta. Quería mucho y no tenía nada, estaba en la tierra, en un lugar donde la guerra aún no había llegado.

Cada segundo allí, comencé a dudar, sentir y fallar; debía sostener la fe, la fe que Dios me dio, pero me era muy difícil, muy imposible, muy complicado. Las cosas nuevas que estaba comenzando a sentir eran muy diferentes, muy alocadas. Pero me daba miedo, me daba miedo sentir.

Mi padre me había pedido que sienta y eso estaba haciendo, no podía dejar de hacerlo. Me mantenía feliz por saber que había cumplido una de mis misiones, la misión de sentir y sufrir, pero era horrendo.

—Padre, por favor…

No tenía una respuesta de su parte.

Oí un suspiro, eso fue lo único que escuché de su parte.

Un suspiro…

—Padre…

© Byther Sarrafoglu,
книга «El ángel pecador».
El rostro borrado (primera parte)
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